Delante de mis ojos, sigo el incesante girar de las ruedas de la bicicleta de Cris que al seguir con molestias tras su esguince, parece hacerle feliz poder al menos montar en bici. No sabe la alegría y compañía que me aporta en estos momentos en los que de ir sola estaría aburridísima, porque si, correr más de una hora acaba aburriendo a veces. No hablamos durante todo el trayecto, pero de vez en cuando comentamos cosas que me dejan sobre lo que pensar cuando nos quedamos calladas. Así los minutos van pasando y los kilómetros también. Cuando empiezo a ver el final del recorrido me decido por arrancar un poco más rápido y me siento genial. Es como si después de 12 kilómetros las piernas agradeciesen poder alargar más la zancada y cambiar un poco la posición en la que hacía rato que se habían quedado anquilosadas. Cris se empieza a reír diciendo que me estoy emocionando demasiado y eso hace que quiera correr más. Termino en un sprint que me sabe a gloria y nos vamos a casa en coche. Un buen entrenamiento.
La semana pasa y a pesar de que dije que descansaría porque el domingo tengo una carrera (Rexona Street Run), el jueves salgo a correr con mi compañera Lydia y hacemos 8 kilómetros a un ritmo cómodo. ¡Me siento más que preparada para correr 10 kilómetros por Madrid!
Fotografía hecha por Cristina Vivo
Son las 7 de la mañana del domingo y yo ya estoy desayunando. Muchos pensarán que si la carrera es a las 9:30 es una burrada levantarse tan pronto estando a sólo 15 minutos de la salida, pero es muy importante que desayune bien, tranquila y luego descanse otro rato si me apetece, ya que no es bueno correr con el estómago lleno ni vacío.
Me acompañan a la carrera Cris y Asia. El entorno es inmejorable, ya que salimos del retiro y pasamos por la castellana, Cibeles y acabamos de nuevo en el retiro. Caliento y salimos. Para los primeros kilómetros he preparado una serie de canciones en Spotify lentas pero que me encanten, para no acelerarme y tampoco deprimirme, y a partir del kilómetro 3,5 canciones más movidas para meter una marcha más. Llegando al kilómetro 3 empiezo a notar una molestia en el glúteo izquierdo que a medida que avanzo me empieza a bajar por toda la pierna hasta el gemelo. Me aterra pensar en que tuviese que abandonar. Sigo corriendo y me doy cuenta que a ratos cojeo. A pesar de todo sigo adelantando gente y avanzando kilómetros de cuestas arriba y abajo, arriba y abajo. Miro alrededor y hay gente de todo tipo, un señor muy mayor, una chica delgada, un hombre fornido, una mujer empapada en sudor. Me pregunto sobre la historia de cada uno y el día a día que me imagino que tendrán, con los niños, los trabajos, los nietos...y el entrenamiento. Para correr 10 kilómetros hay que entrenar algo, por lo que me imagino lo que tendrán que hacer para sacar minutos para correr.
Poco a poco van pasando los kilómetros y en el 9, llega la señora cuesta. No hay nada peor que una cuesta enorme cuando queda nada para llegar a la meta. Es el tipo de cosas que parece que hagan para fastidiar, para que no puedas acabar, para que odies la carrera. Al final de la cuesta hay una mujer de la organización que no para de animar y regañar para que no ceses en tu empeño: "Vamos que ya llegáis" "no dejéis de correr ahora" "Acordaos de lo que habéis entrenado". Logra sacarnos una sonrisa a todos. Se hace duro pero llego a ver los arcos de meta y arranco en un sprint. Lo que más me gusta de las carreras, ¡acabar a tope! Mi tiempo final 50:53, a 5 minutos el kilómetro.
Entrenar merece la pena. Sufrir merece la pena.