Echo de menos disfrutar antes que sufrir, necesitar antes que forzar, tener esas ganas de salir y llegar a casa cansada pero satisfecha.
Echo de menos la ducha de después, nadar en la piscina para soltar las piernas, mirarme en el espejo para ver cómo mis piernas cobran potencia y firmeza día tras día.
Echo de menos estirar y sentir ese alivio que hace saber que el trabajo está hecho, que estoy avanzando y sé que estoy mejorando.
Tal vez el verano no sea para empezar de nuevo a coger la rutina de correr, pero es el momento que más tiempo libre tengo (relativamente) y que más tengo asociado a esta rutina. Las preparaciones de las carreras de septiembre, el medio maratón de Dublin, los triatlones o duatlones o lo que se me pusiese por delante.
Ahora noto que me cuesta, salgo a correr 10 minutos y miro el reloj "todavía queda" "jope, quiero terminar" y demás sensaciones. Soy consciente que todo requiere su tiempo y paciencia infinita. Nadie me marca tiempos ni distancias, y eso hace que al final no lo haga, pero tal vez haya llegado el momento de un cambio de actitud, un cambio de retos, un cambio de objetivos. Los objetivos más adecuados a la etapa actual en la que me encuentro, con dolores en rodillas, poca costumbre, peso de la propia cabeza que me pide que pare. Ha llegado el momento de ir más lento para llegar a ser rápida y no aspirar a lo que tenía antes, sino plantearme algo nuevo, una nueva rutina, no lo que tenía, sino lo que me apetezca ahora.