Mientras desayunamos se me ocurre que tal vez sea hora de descansar un poco de estudiar y salir a respirar aire limpio. Como no es un día muy cálido es ideal para ir a Guadalajara y hacer algo que hace tiempo quería haber hecho: Subir al pico Ocejón.
Nos preparamos con ropa de domingueras y metemos a la perra en el maletero (la pobre no tiene voz no voto). Después de comprar pan y jamón y demás cosas para la caminata nos ponemos en ruta. Una ruta de algo más de una hora y media que nos lleva al pueblo de Majaelrayo. Toda la zona es conocida por su arquitectura hecha a base de pizarra, o "negra". Luego descubriríamos por qué.
Al llegar nos encontramos con una gran montaña que yo ya conocía pero siempre me impresiona. Comenzamos a andar por un camino que a medida que asciende va recordándome a momentos con mis amigas y cómo estábamos deseando llegar al plano para comer nuestras lembas de elfos (cosas nuestras).
Se me hace más duro de lo que recordaba, en parte porque el día anterior no se nos había ocurrido otra cosa que hacer trabajo de piernas en casa, con lo cual nuestros cuádriceps y gemelos se resentían a cada paso que teníamos que dar en esa subida que parecía interminable. El suelo estaba lleno de pizarra que hacía más difícil la subida porque a la mínima te resbalabas. El calor no era demasiado exagerado pero hay que recordar que aún estamos en agosto y por tanto en cuanto sale el sol sube la temperatura. Sin embargo lo más molesto eran las moscas que se arremolinaban alrededor de nuestras caras y mochilas buscando agua o comida.
Como me llevé la cámara aquí os dejo el vídeo de nuestra hazaña.
Pues como veis llegamos arriba y la sensación fue de plenitud. Lo que cuesta merece la pena o lo que merece la pena cuesta, me da igual, el tema es que hay que disfrutar las cosas a pesar de que a veces puedan ponerse cuesta arriba y no puedas más. El camino es muy bonito, pero llegar es brutal.
Un saludo y un besazo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario