martes, 13 de enero de 2015

Tarde de domingo

Una pena que me duela tanto el gemelo, hace una tarde espectacular para salir a correr, en bicicleta o hacer lo que quieras disfrutando de la temperatura que a pesar de que estamos en invierno, es cálida.  Me estoy preparando para estudiar cuando me doy cuenta de que Asia está inquieta. Le digo que vaya a su colchón y es como si le hablase a la pared, va directa a la puerta de la terraza, esta claro que quiere salir. Cuando le abro noto el acogedor calor del sol que en mi terraza se acumula y me invita a salir a disfrutar la temperatura como si estuviésemos en primavera. Lo pienso un momento y en seguida me decido a sacarme los libros a la terraza. Me siento en la silla con una sensación de tranquilidad y paz que solo te aporta la calidez del sol en la cara después de un invierno que está siendo duro. Entrecierro los ojos porque tardo en acostumbrarme al brillo del día y me doy cuenta que debería hacer esto más a menudo.
Oigo a la gente caminando por el campo que hay cerca de mi casa, hablando despreocupados y con paso lento. Se escuchan los gritos de los que un poco más abajo juegan partidos. En una casa cercana alguien ha aprovechado para hacer chapuzas en casa y puedo oírle martillear la madera. Derrepente un niño llama a su padre y se ponen a hablar. Cierro los ojos y me voy transportando a otro tiempo en el que mi padre estaba en casa y también dedicaba las tardes de domingo a hacer cosas en la casa y yo salia a verle, o me quedaba estudiando con la tranquilidad de sus ruidos, o el sonido de la tele de mi madre en el salón. Una tarde de domingo. 

Me acomodo en la silla y disfruto de un suspiro profundo al que me responde Asia desde el suelo. La miro y se estira disfrutando del calor de un modo escandaloso. No puedo evitar decir en alto: ¡que bien te lo montas Asia!

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