Puede que haya quien no lo entienda y le parezca algo exagerado, pero he experimentado la pena más profunda que se puede experimentar, la pérdida de alguien muy querido. A pesar de ser solo un gato, no era solo un gato. Era mi gato. Era el blanquito, el nene, el peque, incluso el guarro, el meón, pero era mi blanquito, meón y nene, mi gato. Ha sido el gato que más he querido, que más tiempo he tenido en brazos, al que más caricias he dado, más pensamientos ha recibido. Recordarle ahí tendido, de repente, es lo que empapa mis ojos. Cada vez que recuerdo su tacto, su rigidez, la sensación de desesperanza, no saber qué hacer.
Es muy doloroso creer verle tumbado en el sofá o las sillas y pensar, "no puede ser él". Ver a mi perra buscándole entre los árboles cuando salimos a pasear y recordar cómo nos seguía y correteaba jugando con nosotras. Saber que no va a volver a estar ahí, que no voy a verle bostezar o estirarse.
No tiene comparación con perder un hijo, padre o hermano, pero no puedo hacer nada por evitar sentirme así, incluso a veces me siento ridícula llorando a solas por un gato, pero creo que las emociones hay que dejarlas fluir y si estoy triste por qué no reconocerlo. No soy más débil por ello porque nadie puede entender lo que cada uno ha vivido. Díez años conviviendo a diario con una mascota hace que el día siguiente de perderle sea inevitable echarle de menos, llorar y estar totalmente hundida. Incluso durante meses sé que voy a seguir viéndole de reojo cuando haya algo blanco en la casa y que me va a doler al darme cuenta de lo cruel que es la mente al engañarnos de esa manera.
Sólo quería escribir para desahogarme y despedirme del que se que será un gato que no olvidaré.
No se qué día naciste, pero lo importante es que sé que día te fuiste, no estabas solo y se te echará de menos.
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