Me pongo el chubasquero y mi padre dice "Joe, que ánimo, y yo pensándome si salir de casa".
Lo que no sabe es que por dentro hay cierta parte de mi que se volvería a colocar el pijama y se metería en la cama. Pero por fuera soy un témpano de determinación y voluntad. No pienso, es mi entrenamiento y tengo que cumplir. No cumplo para nadie más que para mí.
A decir verdad hace un día en el que no me perdería salir a correr. Me encanta correr bajo la lluvia y chapotear."Un día ideal para correr" como decían en la película Marathon. Le doy a la música y arranco a trotar. Chispea un poco pero no molesta, más bien hace que quiera correr más. Voy relajada pensando en mis cosas. Me divierto saltando entre charcos procurando no pisar uno demasiado grande y acabar embarrada. "Chapotear un poco es divertido, pero no me haría gracia tener que correr 7 kilómetros con los pies mojados".
La poca gente que hay por la calle me mira al pasar con una mirada dormida, ausente, de domingo. Pienso en los macarrones con tomate de mi abuela que me esperan para comer y pongo una canción más rítmica que me empuja a subir la cuesta que lleva a mi casa. Bien, 7 kilómetros, trabajo cumplido.
No sabéis lo bien que se está en la ducha después de volver empapada en una mezcla de sudor y lluvia. Es uno de los grandes placeres de la vida, lo que puede que te haga rozar la felicidad. Algo que solo puede compararse a los macarrones con tomate de mi abuela, una delicia, oro puro.

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