miércoles, 7 de enero de 2015

Despedidas


Hoy es un día más, un día cualquiera en el que cuando amanece la gente va a trabajar, comienza de nuevo la rutina que con las navidades ha quedado un poco trastocada. La calle vuelve a tener los sonidos de coches y gente dirigiéndose al trabajo, de autobuses llenos de gente ocupada y ancianos que van a comprar o de paseo.
Para mi hoy es el día en que mi familia se va y significa el final definitivo de las navidades. El final de la comida, las conversaciones mientras desayunamos y las películas antes de dormir. El final de salir a pasear a las perras y comentar el frío que hace, de preguntar que comemos o con quién vamos a pasar la tarde. Mi hermano vuelve a Chile y mis padres a Galicia. No es un día más.
A pesar de todo, como ya me he medio recuperado de mi pesado catarro, salimos a correr. Las que quedamos en la casa salimos a la calle, nos vamos de la casa como el resto de la familia. Es un modo de volver a la rutina pero a la vez un modo de escapar del vacío.


El día, a pesar de triste, tiene una luz cegadora y parece animarlo todo. La temperatura es baja pero el sol va derritiendo el hielo que se ha apoderado de las calles durante la noche. Parece que dibuje en las aceras el perfil de las casas, al derretir lo que está al sol y permanecer helado lo que se mantiene bajo la sombra. Cuando llegamos parece que el cansancio hace efecto y volvemos a sentirnos en casa.

A modo representativo antes de que se fuesen mis padres hemos quitado la decoración del árbol. Bola a bola, luz a luz, el árbol que hacía unos días era el centro de nuestro salón ahora luce desnudo, soso, sin ninguna gracia. Ahora es un árbol más, y encima, de plástico.

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